Registro Interior: Un camino hacia la congruencia.

Con frecuencia se habla de lo sano que es desarrollar una “alta autoestima”, o un “carácter fuerte”,  o un “buen concepto de sí mismo”.  El problema se presenta cuando esa “imagen de mi mismo” se hace tan fuerte, tan rígida y predecible que me identifico con ella y creo que mi persona es esa imagen, dejando de permanecer con la “realidad” fluida y cambiante de mis sentimientos y experiencias.  Mi vida se divide entre lo que pienso que soy (Idea, Imagen) y lo que realmente soy… y estoy siendo.

No puedo hacer un registro de mi verdadera experiencia si no estoy dispuesto a aceptarla totalmente como ella es.  Y toda exigencia, propia o ajena, de desvirtuar mi vivencia me aleja de quien realmente soy y reduce mi contacto conmigo mismo.  Comienza la falsedad: puedo intentar ser agradable cuando en realidad siento bronca;  puedo querer mostrarme seguro cuando en realidad tengo dudas; puedo aparentar disfrutar cuando en realidad estoy aburrido., y ni siquiera darme cuenta que estoy falseándome.

Otra forma de fragmentarme es cuando en el deseo de alcanzar una meta comienzo a ser presa de los temores a fracasar y entonces redoblo esfuerzos y sin darme cuenta redoblo el miedo; o en mi deseo de agradarte y que me quieras, comienzo a temer que me halles inaceptable y mientras más temo tu mala opinión, más trato de convencerte de lo buena que soy.  La máscara crece y los deseos, las esperanzas y los miedos, se alimentan mutuamente.

Otras veces experimento la división en forma de “partes” que dentro mío están en conflicto: una autoritaria, enjuiciadora y crítica que le demanda  a otra menos poderosa que cambie, mientras esta se excusa o justifica;  o una prejuiciosa y pesimista que llamándose realista le advierte a otra soñadora, alegre y entusiasta que se cuide.   Y en estos diálogos internos se dan cita un montón de sentimientos, sensaciones y recuerdos de otras voces.

Lo bueno es darme cuenta de “eso”, que son diálogos internos.  No son otras personas las que hablan (mi mamá, mi papá, mi marido, mi hijo, mi jefe), sino la imagen que tengo de ellas y que el conflicto en esos  diálogos es entre aspectos míos que necesitan ser escuchados y llegar a un acuerdo interno para que mi persona se libere y crezca.

Dice Khalil Gibrán en El Profeta: “…Y ¿qué otra cosa que fragmentos de vuestro yo es lo que queréis desechar para poder llegar a ser libres?…

…Y si es alguna inquietud la que quisierais desechar, esa inquietud debe haber sido escogida por vosotros más bien que impuesta sobre vosotros…

…Y si es algún miedo lo que quisiéramos disipar, el asiento de ese miedo está en vuestro corazón y no en la mano del que es temido…”

¿Cómo hago para alcanzar ese estado de acuerdo interno?

Me resulta un buen camino “ESCUCHARME”.  Establecer una instancia de “Mediadora Interna” que, como en las instancias externas de mediación, tiene la función de facilitar la comunicación y el acuerdo entre las partes; desarrollando, hacia esas partes mías, comprensión y empatía, consideración y respeto, reconocimiento y valor.

Además de escucharlas/escucharme es clave hacer que entre ellas puedan salir de las “posiciones” en las que están y contarse mutuamente qué necesitan una de la otra, para qué están allí, qué temen, qué protegen, qué desean, cómo pueden ayudarse o complementarse, cuándo creen que se gestaron, en qué circunstancias y verificar si siguen vigentes esas circunstancias, cuáles son sus fortalezas y debilidades.

Es muy alentador ver cómo a medida que la comprensión entre las partes crece, la interacción entre ellas cambia gradualmente de lucha y defensa a colaboración, unión y búsqueda del bien común.  Bien común que es en definitiva mi propio bien, el bien de mi persona total y real.

Cuando logro recorrer este camino se libera la energía que estaba bloqueada en esa lucha intestina lo que me  genera una mayor sensación de alegría y vitalidad.

Esto no significa que no haya problemas verdaderos y reales en el mundo, pero podré afrontarlos más adecuadamente cuánto más registro interior claro tenga de lo que siento, pienso y deseo hacer y menos conflictos haya entre mis diálogos internos.

Muchas veces, otros (familia, amigos, relaciones laborales,  la sociedad) me exigen actuar de una manera u otra.  Si reconozco y acepto mi experiencia tal cual es, puedo contactar con todos los matices que ella presenta y estaré en mejores condiciones para evaluar y decidir con libertad y responsablemente mis respuestas, sin engaños, al menos para mi mismo.

Como decía Rogers, convertirse en  la persona auténtica que cada uno es, es un proceso que requiere coraje pero que también produce una honda alegría.  Una manera  es restableciendo la comunicación entre estos fragmentos míos y gradualmente ir reconociendo y renunciando a esas “imágenes esteriotipadas de mí”, a fin de volver a contactar con mi verdadera vivencia y mis respuestas más genuinas.

Laura K. deVadillo

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