Mi vida y la vida familiar.

Muchas cosas son importantes en la vida: el trabajo, la familia, el estudio, el dinero, los amigos, el deporte, la religión,  etc. Pero no existe algo que diferencie o separe “mi vida” de “mi vida familiar”, “mi vida laboral”, “mi vida social”, “mi vida religiosa”.  En verdad todo ello y más constituye  “mi vida”. Y  aunque muchas de estas instancias se relacionen entre sí y algunas nos demanden con urgencia,  no todas ocupan en nosotros, el mismo lugar.  Cada uno de nosotros sabemos lo que realmente nos  importa, que lugar ocupan en nuestra vida  cada una  ellas y en función de ese valor deberíamos ordenar nuestras prioridades. 

Establecer esas prioridades es algo que sólo podemos hacer trabajando desde dentro de nosotros mismos; por lo tanto, determinar y ordenar esas prioridades es algo que involucra a nuestra intimidad. 

A veces, por circunstancias diversas,  subvertimos el orden de nuestras prioridades, en algunas ocasiones casi sin darnos cuenta.  Otras veces nos aferramos a las prioridades que establecimos en otras circunstancias sin reparar en que estas han cambiado o nosotros hemos cambiado. Cuando esto nos pasa nos sentimos desdichados, tironeados, a contrapelo.  Podemos decir que establecer prioridades pone en juego nuestra armonía, nuestra integridad.

Si establecer nuestras prioridades involucra nuestra intimidad y pone en juego nuestra integridad, no hay duda de que es responsabilidad de cada uno revisarlas y esclarecerlas cada tanto, como una forma de mantener abierta la puerta de la propia felicidad.

Las cosas que nos importan necesitan tiempo, dedicación, planeamiento, amor.  Se tiene que trabajar en ellas, a veces implican sacrificios, pero siempre se trata de un esfuerzo gozoso cuando se trata de algo que verdaderamente nos importa.

¿Qué cosas son importantes para vos?…  ¿Y de todas ellas, cuál es la más importante? 

Cuándo hacemos esta pregunta en nuestros talleres, casi invariablemente, la gente nos responde: “Mi familia”.

Sin embargo, es fácil que en medio de las complejidades de este mundo,  de tantos estímulos, presiones y estrés, que vayamos anteponiendo otras cosas.  Incluso muchas veces en nombre de la familia.  

Los profundos cambios de todo orden ocurridos en la segunda mitad del siglo pasado ejercen su influencia en la vida de la gente y de las organizaciones.  Las organizaciones han tenido que reestructurarse y cambiar, establecer nuevas pautas, rever sus principios y  comportamientos, a riesgo de desaparecer si no lo hacían. De hecho muchas desaparecieron. Nuestras familias no son la excepción a la regla en este contexto.  Debemos encontrar nuevas formas, en base a principios, que nos ayuden a construir vínculos duraderos que nos hagan felices.

Si efectivamente la familia es una prioridad en mi vida, asumir el compromiso familiar implica capacitarnos y verificar nuestra competencia.  Nos capacitamos para la vida laboral, hacemos cursos de actualización, nos esforzamos en mejorar nuestro estado físico o la práctica de nuestro deporte favorito.  ¿Hacemos lo mismo con nuestro rol de padres y  pareja?  ¿Nos ocupamos en nuestras casas del desarrollo de actitudes que  posibiliten relaciones confiables y amorosas con nuestros hijos y cónyuges? ¿Ponemos en práctica destrezas y habilidades que faciliten climas hogareños de bienestar, confianza, alegría y respeto?

  Porque lo cierto es que, cuando miramos para atrás en la vida, nos damos cuenta que en todas las etapas que atravesamos, las cosas más importantes que nos sucedieron, estuvieron ligadas a los afectos.  Y en esto, las personas más significativas son nuestros padres.  Ellos y la relación que como padres y esposos fueron capaces de construir, ocupan un lugar fundamental, es decir fundante de nuestra personalidad.

Steven Covey, en su libro “Los siete hábitos de las familias altamente eficaces” dice, “cuando las relaciones familiares son buenas, la vida es buena”. Yo creo que efectivamente es así.  Esto no significa que los problemas económicos, laborales o de salud no existan, no sean importantes o que no fuéramos a tener más conflictos, pero ¡de qué manera diferente pueden vivirse y encararse cuando contamos con el cariño, la comprensión, el apoyo, la participación, la aceptación, la confianza de nuestro esposo /a y de nuestros hijos! 

Estas “cualidades” en las relaciones,  para que existan, debemos cultivarlas.  Es decir, sembrarlas, cuidarlas, regarlas, fortalecerlas.  Si yo deseo y necesito cariño, comprensión, confianza, aceptación, apoyo, tengo que poder brindarlo.

 Dice el refrán: Es preferible prevenir que curar.  Y eso es muy sabio. Si no ponemos primero la prevención para formar relaciones amorosas e invertimos tiempo y esfuerzo en unir y hacer funcionar a la familia como un todo sinérgico,  es altamente probable que pasemos después, mucho más tiempo  tratando de reparar  relaciones rotas, salvar matrimonios o influenciar a hijos que están tironeados y seducidos por poderosas fuerzas sociales fuera de la familia.   

Si el tiempo es escaso, no lo desaprovechemos.  Aprovecharlo implica establecer  prioridades y hacer opciones. Muchas veces nos quejamos de la cantidad de tiempo que nos quitan las múltiples actividades que tenemos, que quisiéramos tener más tiempo  para poder descansar, estar en casa, ocuparnos de “cosas que nos gustan”, como si alguien (¿…?)se ocupara de llenar nuestra agenda horas tras horas,  de manera que cuando llegamos a casa estamos tan exhaustos que el más simple comentario adverso, contratiempo, demanda, nos pone hostiles. Otras veces cuando llega el fin de semana o las vacaciones, esos momentos tan ansiados, tan anhelados para resolver cuestiones inconclusas, leer un libro postergado, estar en familia, jugar con los chicos, dormir, disfrutar de la vida; nos encontramos que no sabemos que hacer ni por donde empezar.   Entonces nos llenamos nuevamente de compromisos sociales superficiales, de partidos interminables de tenis,  golf o lo que fuera. ¡Y otra vez no tenemos tiempo…!

Nadie más que nosotros llena nuestra agenda. Nadie nos quita el tiempo.  No existe un gnomo malévolo comedor de tiempo.  Siempre los días tuvieron 24 horas, las semanas 7 días, los meses del año siempre fueron 12. 

Si la familia es una prioridad, entonces necesitamos de “Tiempo Familiar” con  presencia personal y real. Tiempo Familiar para planificar juntos. Tiempo Familiar para enseñar los principios básicos de la vida. Tiempo Familiar para resolver problemas. Tiempo Familiar para divertirnos juntos.  Tiempo Familiar para saber lo que nos pasa.

Además es indispensable tener “Tiempos de acercamiento personal con cada uno”, que sean verdaderos encuentros significativos. En estos momentos es donde desarrollamos el acercamiento más profundo.  Esto incluye verdaderas “citas privadas” con el otro cónyuge y con cada uno de los hijos. Estos momentos especiales crean la seguridad de que cuando hay problemas se puede confiar en la relación y nos podemos apoyar en ella. Estos tiempos de acercamiento uno a uno tienen que ser momentos de diversión y de disfrute mutuo, como ir al cine con un hijo o ir a verlo jugar su deporte favorito, acompañarlo a comprarse una ropa; y no sólo para hacerle algún llamado de atención o manifestarle una preocupación, que también es válido. 

Es incalculable el valor del tiempo “uno a uno” que los esposos se dan mutuamente para la construcción de su propia relación amorosa. Tiempo para compartir lo que está sucediendo en sus vidas, para discutir problemas y preocupaciones, hablar de sus  planes y proyectos, compartir sueños, para sentir la compañía real del otro en la propia vida. Se necesita tiempo para sentirse juntos, planear y crear mental y espiritualmente su futuro. 

La fuerza de este acercamiento en el matrimonio, crea seguridad en toda la familia.  La calidad de esa relación gobierna la calidad de la vida familiar.  Los hijos toman mucho de su sentido de seguridad de la forma en que su padre y su madre se tratan.  Incluso cuando ha habido divorcio o separación es importantísimo que los padres se respeten mutuamente.

No tenemos que amar sino que elegimos amar.  Muchas veces nos confundimos y creemos que amar es sólo un sentimiento.  Y es cierto, amar es un sentimiento, pero es mucho más que eso: Amar es una acción y una acción elegida. Además, el amor es un proceso: nos vamos amando unos a otros, padres e hijos, marido y mujer  en el curso de nuestra historia común.  Vamos construyendo nuestro amor en las pequeñas y grandes acciones de todos los días de nuestra vida y en el compromiso que mutuamente nos prodigamos. 

Hay mucho que podemos hacer para crecer en el amor como padres y esposos. Establecer nuestras prioridades, verificar cada tanto si no han cambiado y si les estamos dedicando el esfuerzo y el tiempo que requieren, son algunas de ellas.

 Clr. María Laura Kracht de Vadillo

2 Respuestas para “Mi vida y la vida familiar.”

  1. Nerina Dice:

    me gusta mucho este articulo

  2. Mirta R.C. Dice:

    Buenísima la propuesta. Felicitaciones.

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